Hablar de niños, en mi caso, es un tema complicado y estresante. No en el aspecto personal, porque me encantaría ser padre. Sino en el laboral. Es ahí que he luchado para no desesperar y para intentar hacer mi trabajo lo más normal posible.Pero no me resulta. Y cada niño que veo me complica más…
En mi familia tienen demasiado claro que si algún día soy especialista, hay 3 que jamás eligiría: cirugía (no tengo “dedos para el piano”), oncología (demasiado pesimista para mí) y la pediatría.
Con los niños tengo situaciones extrañas. Me llevo bien con ellos, nunca se han puesto a llorar conmigo, nunca me han vomitado (un punto importante…). Y aún así no quiero ser pediatra.
Por eso uno de los grandes problemas que tuve durante mi práctica de atención abierta fue lidiar con ellos. Para empezar, en 4 años de medicina NUNCA me había tocado atender a un niño. Ni siquiera había tenido que tocar uno. Por eso, cuando llevaba un día de práctica y con la doctora en el policlínico, llegó un bebé de 4 meses de edad. Lloraba como si fuera lo único que supiera hacer. En ese momento, la doctora me dice:
- Ya Pablo, es todo tuyo. Auscúltalo.
- Doctora, nunca he atendido a un niño. Es más, ni siquiera he tenido pediatría.
- Bueno, hay una primera vez para todo. Como todo en la medicina, debes adquirirlo con práctica. Si no lo haces ahora… ¿Qué quieres?¿vas a esperar que llegue marzo, y con tus profesores vas a hacer la misma declaración?. Además, llevas un día acá, y no te quiero de ocioso
- ¿De ocioso doctora? Pero no creo que sean tantos niños en Teno
¡¡¡Dios, se notaba que no sabía lo que estaba diciendo!!!
Me mira, sonríe y me dice – Bueno, menos charla y más acción.
(Todo esto frente a una mamá que miraba entre confundida y asustada lo que estaba pasando. Encuentro que es razonable ya que entregas a tu hijo a un desconocido, que además se le ocurre decir que nunca antes a visto niños)
La situación fue digno para grabarse. Me enredé simplemente con el bebé, no sabía por dónde empezar. Se me ocurrió la “genial” idea de empezar el examen revisando la cavidad oral. Eso implicaba que debía poner un bajalenguas en su boca.
Craso error. Más lloraba, y se puso más odioso. Con tanto llanto, me costó mucho más de lo habitual escucharle sus pulmones y llegar a la conclusión de que tenía una bronquitis aguda.
Después de darle los remedios al bebé y de irse, la doctora me indica mis errores y me da consejos para hacerlo mejor.
- Lo primero. ¡Nunca empieces con el bajalenguas! Si lo haces, lo primero que hará el niño será llorar…
… Y así estuve el primer día. Fue un aprendizaje tras otro. En total fueron 10 niños, y la cosa se pondría más difícil
En el policlínico, además de ver patología infantil, se realiza control del niño sano. El del 1° mes es importantísimo, debido a que se hace una evaluación neurosensorial. Se ve respuestas del bebé a estímulos, reflejos que aparecen en el nacimiento, postura, tono, etc.. Y si hay alguna alteración, se hace una derivación urgente al neurólogo. Como opinión, lo considero un gran avance en la medicina poder detectar tempranamente patologías en base a condiciones cotidianas, como si sonríe, o si sigue el sonido…
Me tocó urgencias al día sguiente. A poco andar, me di cuenta que mis anteriores palabras no eran más que una muestra de la ignorancia que tenía. Por día de urgencias, se podría llegar a ver hasta ¡40 niños!. Y las causas eran divesas. Los lactantes eran por bronquitis. Los preescolares eran por diarrea. Los escolares por amigdalitis. Y los prepúberes, púberes y adolescentes por… Intento de suicidio.
Algo que me llamó la atención fue la gran cantidad de intentos de suicidio entre los jóvenes. Las formas no faltaban: desde intentar cortarse las venas hasta inyectarse aire. Es una realidad que preocupa
Poco a poco, he podido acostumbrarme a atenderlos. Ahora ya los puedo atender sin que lloren. Puedo escuchar tranquilamente los pulmones y corazón. Puedo lidiar con las madres y las puedo convencer de que sigan dándole pecho a los niños (mientras más jóvenes, más se aterran frente a la posibilidad de que se les arruinen sus pechos…)
Cuando terminé mi práctica, ya había visto más de 200 niños diferentes; la gran mayoría consultaban por bronquitis, y con el 90% me llevé bien o muy bien, y no tuve ningún problema. Pero no faltó el infante hiperkinético que no se quedaba tranquilo, que armaba escándalo hasta por si acaso, y que se notaba de lejos que era un niño consentido
Me cargan esas mamás que consienten a sus niños en todo momento. Cuando grandes se convierten en mimados que no saben ni freír un huevo
Y sin embargo, seguía sin gustarme la pediatía. Pero esta vez la razón de fondo había cambiado. Ahora no era porque no me gustaban los niños. Era porque me desesperaba el verlos llorar. Debo decir que cuando un niño llora, me complico más de lo habitual y me cuesta avanzar en mi diagnóstico. ¿Miedo?¿Empatía? La verdad es que no lo sé. Sólo sé que cuando empiece mi quinto año de medicina, voy a tener tiempo de averigüarlo
Termino mi reflexión de esta semana con una conversación que tuve con una doctora que quiere ser pediatra:
- Doctora, ¿y usted por qué quiere ser pediatra?
- Porque un niño siempre te va a decir la verdad. Cuando le duele la cabeza, se queja porque realmente le duele. Si se siente mal, se va a quejar. Pero un recién nacido jamás va a mentir sobre su enfermedad. Jamás va a buscar atención. Y por sobre todas las cosas, un niño jamás va a mentir porque quiere una licencia











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